https://agsjournals.onlinelibrary.wiley.com/
La fragilidad, un estado de reserva fisiológica reducida y mayor vulnerabilidad, es un determinante clave de los resultados de salud en los adultos mayores [1]. Sin embargo, las definiciones y mediciones predominantes tratan la fragilidad como una condición única y uniforme, lo que limita su utilidad clínica al pasar por alto diferencias importantes en las causas fundamentales, la trayectoria y el pronóstico [2]. Los siguientes casos ilustran cómo se manifiestan estas deficiencias en la práctica clínica:
- Un hombre casado de 85 años con demencia y apatía en etapa grave, ocasionalmente agitado, recibe bacilo de Calmette-Guérin (BCG) intravesical para cáncer de vejiga no músculo invasivo.
- Un hombre casado de 78 años con debilidad después de un accidente cerebrovascular camina de forma independiente con un andador, pero requiere ayuda con los traslados y la mayoría de las actividades básicas. Aunque físicamente limitado, está cognitivamente intacto y disfruta de una buena calidad de vida.
A pesar de sus distintos perfiles médicos y perspectivas futuras, a estos dos pacientes se les podrían asignar puntajes de fragilidad idénticos. Además, a nivel individual, un paciente puede recibir puntuaciones discordantes según el método de evaluación utilizado, como el fenotipo Fried, la escala de fragilidad clínica, el índice de fragilidad o la escala de fragilidad de Edmonton [3-6]. Estas inconsistencias socavan los esfuerzos para construir una narrativa de fragilidad cohesiva que informe los resultados y guíe la atención.

No hay comentarios:
Publicar un comentario