Una señal creíble, no una conclusión causal
Después de que el ensayo SURPASS-CVOT (A Study of Tirzepatide Compared With Dulaglutide on Major Cardiovascular Events in Participants With Type 2 Diabetes) demostrara que tirzepatida era no inferior, pero no superior, a dulaglutida, la cuestión que quedaba sin resolver no era si la tirzepatida igualaba a otro tratamiento incretínico eficaz, sino cuánto beneficio cardiovascular adicional podría aportar frente a una estrategia de reducción de la glucemia con efectos cardiovasculares neutros.[1]
En un estudio observacional relacionado, Krüger y colaboradores (doi:10.1136/bmj-2026-100011) abordaron esta cuestión utilizando dos bases de datos estadounidenses de reclamaciones sanitarias.[2] Compararon a pacientes que iniciaban tratamiento con tirzepatida con aquellos que iniciaban tratamiento con sitagliptina, en una población de 52.971 adultos de 40 años o más con diabetes mellitus tipo 2, un índice de masa corporal (IMC) ≥25 y enfermedad cardiovascular aterosclerótica establecida. Esta última se definió por la presencia de un infarto de miocardio previo, un accidente cerebrovascular isquémico o enfermedad arterial coronaria, carotídea o periférica, documentada mediante un diagnóstico o mediante un procedimiento de revascularización.[2]
El desenlace principal requiere una lectura cuidadosa. Los eventos cardiovasculares adversos mayores (MACE) se definieron como infarto de miocardio, accidente cerebrovascular y mortalidad por cualquier causa, y no como muerte cardiovascular.
Después de aplicar una ponderación por solapamiento basada en la puntuación de propensión, el riesgo a un año fue del 2,9 % con tirzepatida y del 4,4 % con sitagliptina (hazard ratio [HR] 0,68; intervalo de confianza [IC] del 95 %: 0,58–0,80; número necesario para…).
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