Ofrece un marco clínico y práctico para ayudar a decidir cuándo pensar en SIBO y, cuándo es mejor no hacerlo, evitando cascadas diagnósticas y tratamientos innecesarios.
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En pocos años, el sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado (SIBO, por sus siglas en inglés) ha pasado de ser un diagnóstico relativamente infrecuente y circunscrito a contextos muy concretos, a convertirse en una explicación omnipresente de síntomas digestivos comunes como la distensión abdominal, el meteorismo o la diarrea crónica.
Este cambio no se ha producido como consecuencia de un avance disruptivo en la fisiopatología digestiva ni por la aparición de una prueba diagnóstica altamente fiable, sino por la confluencia de varios fenómenos propios de la medicina contemporánea: la búsqueda de explicaciones rápidas a síntomas funcionales, la expansión de pruebas diagnósticas de bajo umbral y la presión —explícita o implícita— por ofrecer un diagnóstico “con nombre y apellidos”.
En este contexto, el SIBO se ha convertido en un ejemplo paradigmático de lo que podríamos denominar medicina explicativa: aquella que prioriza poner una etiqueta diagnóstica, aunque la relación causal con los síntomas sea débil o incierta, frente a un análisis clínico prudente basado en probabilidades pretest y valor predictivo real.
El problema no es que el SIBO no exista. Existe, y está bien descrito desde hace décadas en pacientes con alteraciones anatómicas o funcionales claras del intestino delgado. El problema surge cuando este concepto se extrapola de forma acrítica a poblaciones con síntomas digestivos inespecíficos, especialmente en el ámbito de los trastornos funcionales digestivos.
La popularización de los test de aliento, la disponibilidad de antibióticos poco absorbibles y la difusión del concepto de disbiosis intestinal han contribuido a crear un terreno fértil para el sobrediagnóstico. En muchos casos, el diagnóstico de SIBO se establece sin una evaluación rigurosa del contexto clínico, sin considerar diagnósticos más probables y sin valorar adecuadamente las limitaciones de las pruebas utilizadas.
Desde Atención Primaria este fenómeno plantea varios retos relevantes. Por un lado, la presión asistencial y la expectativa del paciente favorecen la realización de pruebas “para descartar algo”. Por otro, la etiqueta de SIBO puede iniciar una cascada diagnóstica y terapéutica difícil de frenar, basada en tratamientos antibióticos repetidos, dietas restrictivas prolongadas y una medicalización innecesaria de la alimentación y del estilo de vida.
Este artículo pretende situar el SIBO en su lugar correcto: ni negarlo como entidad clínica, ni convertirlo en una explicación universal. El objetivo es revisar qué sabemos realmente, cuáles son los límites de la evidencia disponible y, sobre todo, cómo aplicar el concepto de forma prudente y útil en la práctica clínica diaria.
Porque, como ocurre con frecuencia en medicina, más diagnóstico no siempre significa mejor atención, y saber cuándo parar es, en sí mismo, una decisión clínica.