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En agosto de este año Joanna McCarthy escribió un artículo dedicado a analizar con detalle la evolución de la hidroxicloroquina como potencial tratamiento para la covid-19, principalmente en Australia, hasta llegar al consenso científico de falta de evidencia para respaldar tal uso, explorando el rol de científicos y periodistas en la ola de desinformación que se generó [1]. McCarthy relata cómo la historia de la hidroxicloroquina en la Covid-19 muestra:
- “Las dificultades de informar en medio de una avalancha de estudios científicos nuevos y a menudo contradictorios;
- La necesidad de hacer un uso responsable de expresiones tales como ‘avances’ y ‘curas’;
- El potencial de fraude, mediocridad y exageración dentro de la propia ciencia;
- La tendencia de los partidistas a interpretar la ciencia de forma que defienda su ideología;
- El papel de las figuras públicas en la promoción de información falsa y engañosa;
- La aceleración de la desinformación en las redes sociales; y,
- Los peligros de politizar la ciencia e involucrarla en guerras culturales conspirativas”
A continuación, resumimos su publicación.
McCarthy comienza su relato describiendo la explosión mediática de “curas” para la influenza que tuvo lugar hace más de 100 años en diferentes lugares del mundo, la difusión masiva que ocurrió a pesar de no contar con evidencia de la eficacia de las alternativas promocionadas. Y resulta paradójico que aún hoy, en la pandemia de covid-19, se haya presentado un fenómeno similar. Tras la declaración de la pandemia, hacia marzo del 2020, personas como Adam Marcus and Ivan Oransky, de Retraction Watch, alertaron sobre la proliferación científica que tendría lugar y dijeron que aunque gran parte de la misma estaría equivocada y eso no sería el problema, pero sin una comunicación clara de la incertidumbre, la situación se prestaba para ser explotada por diferentes actores.
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