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La hiperpotasemia es, junto con la hipotensión, el principal motivo por el que dejamos de optimizar el tratamiento de la insuficiencia cardiaca. Sin embargo, cuando uno busca la evidencia que sostiene los umbrales que manejamos a diario, el terreno resulta sorprendentemente blando: sabemos que los extremos son malos, pero no cuál es el rango que deberíamos perseguir de forma activa.
El trabajo de Ono y colaboradores, publicado en European Heart Journal, es el intento más ambicioso hasta la fecha de responder a esa pregunta. Se trata de un metaanálisis de datos individuales que reúne 12 ensayos clínicos aleatorizados: 32.346 pacientes con insuficiencia cardiaca y fracción de eyección reducida (IC-FEr) y 13.723 con fracción de eyección preservada (IC-FEp), casi 46.000 pacientes en total. Los autores clasificaron el potasio sérico basal en seis categorías (menos de 3,5; 3,5-4,0; 4,0-4,5; 4,5-5,0; 5,0-5,5; y 5,5 mmol/l o más) y analizaron como objetivo primario la mortalidad por cualquier causa, con la muerte cardiovascular, la muerte súbita, la muerte por fallo de bomba y las hospitalizaciones como objetivos secundarios. La mediana de seguimiento fue de 24,2 meses en IC-FEr y de 36,8 meses en IC-FEp.
Los resultados dibujan una relación en J invertida en la IC-FEr, y hay tres mensajes que merecen destacarse.
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