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Las intolerancias alimentarias se han convertido en uno de los motivos de consulta más frecuentes en Atención Primaria, especialmente en pacientes con síntomas digestivos crónicos, inespecíficos o fluctuantes. Distensión abdominal, diarrea, gases, fatiga o malestar general son atribuidos con facilidad a determinados alimentos, a menudo tras información obtenida fuera del ámbito sanitario.
Sin embargo, no todas las intolerancias que refieren los pacientes tienen una base orgánica demostrable. De hecho, las intolerancias alimentarias “reales”, entendidas como alteraciones fisiopatológicas bien definidas y diagnosticables con pruebas validadas, son relativamente pocas. Frente a ellas, existe un amplio grupo de síntomas funcionales o percibidos, donde el alimento actúa más como desencadenante subjetivo que como causa primaria del problema.
Esta confusión tiene consecuencias clínicas relevantes: solicitudes de pruebas innecesarias, realización de test sin validez diagnóstica, instauración de dietas restrictivas prolongadas y, no pocas veces, empeoramiento de la calidad de vida y del estado nutricional del paciente. Además, el etiquetado precoz como “intolerante” puede cronificar el síntoma y reforzar creencias difíciles de desmontar posteriormente.
El objetivo de este artículo es diferenciar con claridad las intolerancias alimentarias reales de las funcionales, desde un enfoque práctico y basado en la evidencia, proporcionando al clínico herramientas para:
- Identificar cuándo existe una intolerancia orgánica demostrable.
- Reconocer los cuadros funcionales más frecuentes.
- Evitar pruebas diagnósticas sin utilidad clínica.
- Abordar los síntomas de forma segura, proporcionada y eficaz.
Separar lo orgánico de lo funcional no implica minimizar los síntomas del paciente, sino ofrecer una explicación honesta, evitar iatrogenia y orientar un manejo más adecuado, especialmente en el contexto de la Atención Primaria.

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