Es ampliamente conocido que la realización de actividad física es uno de los hábitos con mayor impacto en la salud, otorgando beneficios a nivel multisistémico, al proteger la salud mental, osteoartromuscular, endocrinológica, inmunológica, respiratoria y cardiovascular, entre otros.
En el plano cardiovascular, la evidencia es contundente al indicar que la actividad física permite el control de factores de riesgo cardiovascular (FRCV) tradicionales y no tradicionales, disminuyendo así el riesgo de eventos y la mortalidad cardiovascular. A pesar de ello, es escaso el número de médicos que prescribe la actividad física de la misma forma que lo hace con fármacos, aun cuando se encuentra indicada por las guías de práctica clínica internacionales.
La prescripción de actividad física debe realizarse de forma
acorde a la condición física, la edad, las patologías y las comorbilidades
asociadas del paciente. Asimismo, debe ajustarse a las preferencias y gustos
del individuo, con el objetivo de favorecer su sostenimiento en el tiempo. Una
vez iniciada la actividad, resulta fundamental titular progresivamente la dosis
hasta alcanzar cargas y duraciones óptimas que permitan obtener el máximo
beneficio.
Evidencia cardiovascular y prescripción basada en dosis
En pacientes con hipertensión arterial (HTA), se ha
demostrado la existencia de una relación inversamente proporcional entre la
carga y la frecuencia de la actividad física y los eventos y la mortalidad
cardiovascular¹. En la misma línea, múltiples estudios evidencian que caminar
al menos 150 minutos por semana genera una disminución promedio de 4,11 mmHg en
la tensión arterial sistólica (TAS) y de 1,79 mmHg en la tensión arterial
diastólica (TAD)².
Con respecto al tipo de ejercicio, publicaciones recientes
ubican en primer lugar a la actividad física aeróbica, con un descenso de 7,6
mmHg en la TAS y de 4,7 mmHg en la TAD; en segundo lugar, a la actividad de
fuerza isométrica, con descensos de 4,3 mmHg en la TAS y de 5 mmHg en la TAD;
y, finalmente, a la actividad de fuerza dinámica, con reducciones de 2,6 mmHg
en la TAS y de 2,1 mmHg en la TAD, cuando se realizan actividades de intensidad
moderada³.
En concordancia con estos hallazgos, la recomendación en
este grupo de pacientes es indicar actividad física aeróbica con dosis mínimas
de 150 minutos semanales de intensidad moderada o 75 minutos semanales de
intensidad vigorosa, combinada con ejercicios de fuerza isométrica y dinámica
dos a tres veces por semana, fomentando siempre el aumento progresivo del
volumen de actividad con el correr del tiempo⁴.
Debe tenerse especial precaución en aquellos pacientes con
HTA no controlada (>200/110 mmHg), debiendo postergarse la realización de
actividad física hasta lograr su adecuado control⁵.
En pacientes con diabetes mellitus, la actividad física
promueve un aumento de hasta cinco veces en la captación de glucosa a nivel
muscular mediante mecanismos independientes de la insulina que pueden durar
hasta dos horas, y mecanismos dependientes de la insulina que se extienden
hasta 48 horas, favoreciendo la reposición de glucógeno muscular. En forma
paralela, se produce un incremento de la densidad mitocondrial, de la red
capilar y de las enzimas catabólicas musculares, optimizando el consumo de
glucosa.
Asimismo, a nivel vascular, se observa una disminución de los niveles de citoquinas proinflamatorias y de factores protrombóticos, junto con una mejoría del perfil lipídico. A nivel hepático y del tejido adiposo, la actividad física genera un aumento de la sensibilidad a la insulina, una disminución del tejido graso y el consiguiente descenso de peso corporal⁶.
Gracias a estos beneficios, ampliamente demostrados por la
evidencia científica, la realización de actividad física en pacientes con
diabetes se asocia con un descenso de la morbimortalidad cardiovascular⁷.
Integración cardiometabólica: diabetes, obesidad y
continuidad terapéutica
En relación con el tipo de ejercicio, la actividad aeróbica
demuestra un mayor descenso glucémico tanto en el momento agudo del esfuerzo
como en las horas posteriores de recuperación, en comparación con los
ejercicios de fuerza, debido principalmente a la reposición de glucógeno
muscular⁸.
Al indicar actividad física en este grupo de pacientes, se
recomienda prescribir ejercicio aeróbico con dosis mínimas de 150 minutos
semanales de intensidad moderada o 75 minutos semanales de intensidad vigorosa,
acompañado de dos a tres sesiones semanales de ejercicios de fuerza dinámica e
isométrica. Asimismo, resulta importante incluir ejercicios de flexibilidad y
equilibrio, especialmente en pacientes con daño microvascular, con el objetivo
de preservar la movilidad y la propiocepción⁹˒¹⁰.
Debe extremarse la precaución en pacientes con diabetes tipo
1 debido al riesgo de hipo e hiperglucemia, quienes deben estar adecuadamente
entrenados en el ajuste de insulina y en la ingesta de carbohidratos ante la
realización de actividad física.
En los pacientes con obesidad, la actividad física genera
múltiples beneficios. A nivel neurológico, mejora la adherencia al tratamiento
nutricional y disminuye el apetito, la ansiedad y la depresión. A nivel
metabólico, promueve la reducción de la grasa visceral e intramuscular y mejora
el perfil lipídico y la resistencia a la insulina.
Desde el punto de vista vascular, contribuye al descenso de
la tensión arterial y a la mejoría de la función endotelial, además de reducir
la producción de citoquinas proinflamatorias y protrombóticas. A nivel
cardíaco, disminuye la descarga simpática, la frecuencia cardíaca, el riesgo
arrítmico y las presiones de llenado, mejorando el metabolismo y el gasto
cardíaco¹¹˒¹².
La magnitud del descenso de peso y los beneficios
cardiovasculares se relacionan directamente con el volumen de actividad física
realizado. En pacientes que realizan 15 minutos diarios se observa una
reducción del 4 % en la mortalidad por todas las causas. Volúmenes mayores,
especialmente por encima de 225 minutos semanales, se asocian con descensos
ponderales clínicamente significativos, siempre que se acompañen de un abordaje
nutricional adecuado¹³,¹⁵.
Finalmente, al evaluar a los pacientes, debe recordarse que el objetivo esencial es interrumpir el sedentarismo. Para ello, resulta imprescindible realizar un diagnóstico basal integral —que incluya medidas antropométricas, nivel de actividad, condición física y comorbilidades— y efectuar una prescripción individualizada de actividad física. Del mismo modo, es fundamental promover la continuidad del ejercicio y el aumento progresivo de la frecuencia y la carga a lo largo del tiempo.
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