domingo, 25 de enero de 2026

Actividad física: la prescripción más olvidada en prevención cardiovascular.

Es ampliamente conocido que la realización de actividad física es uno de los hábitos con mayor impacto en la salud, otorgando beneficios a nivel multisistémico, al proteger la salud mental, osteoartromuscular, endocrinológica, inmunológica, respiratoria y cardiovascular, entre otros. 

En el plano cardiovascular, la evidencia es contundente al indicar que la actividad física permite el control de factores de riesgo cardiovascular (FRCV) tradicionales y no tradicionales, disminuyendo así el riesgo de eventos y la mortalidad cardiovascular. A pesar de ello, es escaso el número de médicos que prescribe la actividad física de la misma forma que lo hace con fármacos, aun cuando se encuentra indicada por las guías de práctica clínica internacionales.

La prescripción de actividad física debe realizarse de forma acorde a la condición física, la edad, las patologías y las comorbilidades asociadas del paciente. Asimismo, debe ajustarse a las preferencias y gustos del individuo, con el objetivo de favorecer su sostenimiento en el tiempo. Una vez iniciada la actividad, resulta fundamental titular progresivamente la dosis hasta alcanzar cargas y duraciones óptimas que permitan obtener el máximo beneficio.

Evidencia cardiovascular y prescripción basada en dosis

En pacientes con hipertensión arterial (HTA), se ha demostrado la existencia de una relación inversamente proporcional entre la carga y la frecuencia de la actividad física y los eventos y la mortalidad cardiovascular¹. En la misma línea, múltiples estudios evidencian que caminar al menos 150 minutos por semana genera una disminución promedio de 4,11 mmHg en la tensión arterial sistólica (TAS) y de 1,79 mmHg en la tensión arterial diastólica (TAD)².

Con respecto al tipo de ejercicio, publicaciones recientes ubican en primer lugar a la actividad física aeróbica, con un descenso de 7,6 mmHg en la TAS y de 4,7 mmHg en la TAD; en segundo lugar, a la actividad de fuerza isométrica, con descensos de 4,3 mmHg en la TAS y de 5 mmHg en la TAD; y, finalmente, a la actividad de fuerza dinámica, con reducciones de 2,6 mmHg en la TAS y de 2,1 mmHg en la TAD, cuando se realizan actividades de intensidad moderada³.

En concordancia con estos hallazgos, la recomendación en este grupo de pacientes es indicar actividad física aeróbica con dosis mínimas de 150 minutos semanales de intensidad moderada o 75 minutos semanales de intensidad vigorosa, combinada con ejercicios de fuerza isométrica y dinámica dos a tres veces por semana, fomentando siempre el aumento progresivo del volumen de actividad con el correr del tiempo⁴.

Debe tenerse especial precaución en aquellos pacientes con HTA no controlada (>200/110 mmHg), debiendo postergarse la realización de actividad física hasta lograr su adecuado control⁵.

En pacientes con diabetes mellitus, la actividad física promueve un aumento de hasta cinco veces en la captación de glucosa a nivel muscular mediante mecanismos independientes de la insulina que pueden durar hasta dos horas, y mecanismos dependientes de la insulina que se extienden hasta 48 horas, favoreciendo la reposición de glucógeno muscular. En forma paralela, se produce un incremento de la densidad mitocondrial, de la red capilar y de las enzimas catabólicas musculares, optimizando el consumo de glucosa.

Asimismo, a nivel vascular, se observa una disminución de los niveles de citoquinas proinflamatorias y de factores protrombóticos, junto con una mejoría del perfil lipídico. A nivel hepático y del tejido adiposo, la actividad física genera un aumento de la sensibilidad a la insulina, una disminución del tejido graso y el consiguiente descenso de peso corporal⁶.

Gracias a estos beneficios, ampliamente demostrados por la evidencia científica, la realización de actividad física en pacientes con diabetes se asocia con un descenso de la morbimortalidad cardiovascular⁷.

Integración cardiometabólica: diabetes, obesidad y continuidad terapéutica

En relación con el tipo de ejercicio, la actividad aeróbica demuestra un mayor descenso glucémico tanto en el momento agudo del esfuerzo como en las horas posteriores de recuperación, en comparación con los ejercicios de fuerza, debido principalmente a la reposición de glucógeno muscular⁸.

Al indicar actividad física en este grupo de pacientes, se recomienda prescribir ejercicio aeróbico con dosis mínimas de 150 minutos semanales de intensidad moderada o 75 minutos semanales de intensidad vigorosa, acompañado de dos a tres sesiones semanales de ejercicios de fuerza dinámica e isométrica. Asimismo, resulta importante incluir ejercicios de flexibilidad y equilibrio, especialmente en pacientes con daño microvascular, con el objetivo de preservar la movilidad y la propiocepción⁹˒¹⁰.

Debe extremarse la precaución en pacientes con diabetes tipo 1 debido al riesgo de hipo e hiperglucemia, quienes deben estar adecuadamente entrenados en el ajuste de insulina y en la ingesta de carbohidratos ante la realización de actividad física.

En los pacientes con obesidad, la actividad física genera múltiples beneficios. A nivel neurológico, mejora la adherencia al tratamiento nutricional y disminuye el apetito, la ansiedad y la depresión. A nivel metabólico, promueve la reducción de la grasa visceral e intramuscular y mejora el perfil lipídico y la resistencia a la insulina.

Desde el punto de vista vascular, contribuye al descenso de la tensión arterial y a la mejoría de la función endotelial, además de reducir la producción de citoquinas proinflamatorias y protrombóticas. A nivel cardíaco, disminuye la descarga simpática, la frecuencia cardíaca, el riesgo arrítmico y las presiones de llenado, mejorando el metabolismo y el gasto cardíaco¹¹˒¹².

La magnitud del descenso de peso y los beneficios cardiovasculares se relacionan directamente con el volumen de actividad física realizado. En pacientes que realizan 15 minutos diarios se observa una reducción del 4 % en la mortalidad por todas las causas. Volúmenes mayores, especialmente por encima de 225 minutos semanales, se asocian con descensos ponderales clínicamente significativos, siempre que se acompañen de un abordaje nutricional adecuado¹³,¹⁵.

Finalmente, al evaluar a los pacientes, debe recordarse que el objetivo esencial es interrumpir el sedentarismo. Para ello, resulta imprescindible realizar un diagnóstico basal integral —que incluya medidas antropométricas, nivel de actividad, condición física y comorbilidades— y efectuar una prescripción individualizada de actividad física. Del mismo modo, es fundamental promover la continuidad del ejercicio y el aumento progresivo de la frecuencia y la carga a lo largo del tiempo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario