El prurito es un síntoma frecuente en los pacientes que reciben cuidados
paliativos. Esta revisión sistemática incluye 50 estudios que probaron
39 fármacos diferentes en 1.916 personas. La mayoría de estudios tiene
una muestra pequeña y alto riesgo de sesgo.
Los autores concluyen que no existe una terapia ideal para tratar el
prurito en pacientes en cuidados paliativos y que se necesitan más
estudios en este tipo de pacientes ya que la evidencia actual es de muy
baja a moderada. Sin embargo, hay varios fármacos que pueden ser útiles.
Gabapentina, nalfurafina y cromoglicato sódico mostraron mayor eficacia
en prurito urémico. Rifampicina y flumecinol fueron más apropiados para
el prurito asociado a colestasis. Paroxetina parece útil en todos los
pacientes sea cual sea la causa de base. En general, la mayoría de los
fármacos causaron pocos y leves efectos secundarios, excepto naltrexona
que mostró muchos más efectos secundarios que los demás.
Nalfurafina, cromoglicato de sodio y flumecinol no están comercializados en España.
Bibliografía
Siemens
W, Xander C, Meerpohl JJ, Buroh S, Antes G, Schwarzer G, Becker G.
Pharmacological interventions for pruritus in adult palliative care
patients. Cochrane Database Syst Rev. 2016 Nov 16;11. PubMed PMID: 27849111.
Seguro que son poderosas y respetables razones las que hacen que una mujer recorra el camino de la Interrupción Voluntaria de su Embarazo (IVE) o Aborto.Un camino tan cargado de sentimientos encontrados, emociones de difícil conciliación, dificultades administrativas, asistenciales y temores a las consecuencias para su salud general y reproductiva de dicha intervención, sea esta quirúrgica y/o farmacológica. Ni que decir tiene cuando ha de tomar esta decisión de forma repetida. Nadie que conozca el protocolo de intervención e imagine el proceso de la toma de decisión, puede suponer que resulte más fácil someterse a una nueva IVE.
Las cifras de IVEs, con o sin repetición, son más que una estadística. Son mujeres que toman una importante decisión, en muchas ocasiones en una gran soledad a pesar del mejor y bien intencionado acompañamiento. Podemos imaginar sin gran esfuerzo que se trata de una cuestión privada y tremendamente intima. Una decisión a la que acompaña el eterno ruido de las enconadas opiniones a favor y en contra del aborto.
A nadie se le impone un IVE, solo se ha dignificado y optimizado desde el paradigma de la salud de la mujer. Muy pocas mujeres, quizás ninguna, que ha tomado la decisión de interrumpir su embarazo va a ser disuadida por las dificultades legales que se le impongan. Las distintas situaciones normativas sobre el aborto en el mundo y a lo largo del tiempo, así lo han demostrado. Sólo el desarrollo de una educación sexual en la que los únicos criterios válidos y fundamentales deben ser: el conocimiento científico, el respeto a la diversidad sexual y la defensa del derecho a la autonomía, junto a una mejora en el acceso a la anticoncepción regular y a la anticoncepción de emergencia, puede garantizar que el número de abortos, que con cada publicación de sus cifras nos avergüenza, disminuya.
La Ley Orgánica de Salud Sexual y Reproductiva e Interrupción Voluntaria del Embarazo, vigente aunque pendiente del pronunciamiento del Tribunal Constitucional, crea el marco normativo idóneo para desarrollar definitivamente una educación sexual basada en criterios científicos y evolutivos del desarrollo así como articula la forma óptima de atención a la sexualidad desde el sistema público de Salud. A mayor abundamiento sobre la necesidad de Educación Sexual, podrimos aludir a principios bioéticos fundamentales como el de beneficencia, no maleficencia y justicia. Justicia para que todas las personas, desde la infancia, puedan acceder, como derecho fundamental, a una educación sexual marcada por el hecho ineludible de ser seres sexuados y por tanto seres eróticos, decentes y deseables, amantes y amados y potencialmente procreativos.
El principio de beneficencia nos compromete con el sentido de hacer el bien a la ciudadanía, sin paternalismos, pero sin falsos pudores. Pudores que tienen más que ver con nuestros propios miedos y temores sobre el sexo y la vivencia sexual, que con los “atribuidos” a nuestros consultantes y/o educandos. La no maleficencia nos obliga a reconocer nuestros propios valores morales, a los que tenemos todo el derecho, pero no a imponerlos como valores universales a quien pretendemos ayudar.
Por supuesto que esta educación sexual corresponde a las instituciones educativas en todos sus niveles, pero tan obvio como esto resulta la necesaria implicación de las instituciones sanitarias y muy especialmente de la especialidad de Medicina Familiar y Comunitaria como puerta de entrada al sistema sanitario, como receptora de la confianza de los y las ciudadanas para plantear sus problemas y dificultades en el terreno de la vivencia sexual. Como depositaria de un conocimiento científico amplio e integrador del tan cacareado modelo bio-psico-social de atención.
NOTA: este artículo fue publicado el 7 de enero en El Día de León
