Cuando Manuel acudió a la consulta de su médico de familia para que le realizara la receta de Vimovo,
fármaco pautado por el servicio de traumatología a causa de una
coxartrosis muy dolorosa en un varón de 69 años pendiente de
intervención quirúrgica, recordé que era un producto etiquetado como NBMT
(Nuevos principios activos de nula o baja mejora terapéutica). Estos
medicamentos son de reciente comercialización, sin suponer un avance
terapéutico frente a los ya existentes o en su defecto no presentan
información suficiente para ser valorados.
Como ya se sabe el mercado farmacéutico
incorpora anualmente nuevos medicamentos que en la mayoría de los casos,
no aportan ninguna ventaja respecto a los ya disponibles. El registro
de un nuevo medicamento por parte de las agencias reguladoras (española o
europea) implica un proceso de evaluación en el que se establece su
calidad, eficacia y seguridad a corto plazo fundamentalmente. Sin
embargo, esto no implica que el nuevo fármaco aporte una mejora
terapéutica, ni que el fármaco sea coste/efectivo o que su perfil de
seguridad a largo plazo esté garantizado.
La moderación en la prescripción de los
nuevos medicamentos que no aportan mejora terapéutica evita exponer a la
población a riesgos innecesarios, y mejora la eficiencia.
En ese momento ese médico de familia seguro que recordó las palabras de Josep Casajuana: “Hacernos
responsables únicamente de nuestras prescripciones podría, en algunos
casos, mejorar nuestros indicadores de farmacia, pero establecer la
discusión a ese nivel produciría perversiones al situar el objetivo
principal en el profesional y no en el paciente. De este modo, el
ciudadano se vería atrapado en una trampa en la que se le sustrae su
papel como «eje del sistema» para resolver un supuesto
conflicto entre profesionales sanitarios. El médico de familia no tiene
ninguna obligación de prescribir lo que indica el médico del hospital,
dispone (no siempre, pero sí con frecuencia) de la longitudinalidad de
cuidados con la que se ha ganado la confianza del paciente, y puede
tranquilamente, y debe hacerlo, ajustar, cambiar o retirar cualquier
prescripción que considere poco adecuada. Ciertamente, esto puede
vivirse como un enfrentamiento que habría que intentar evitar. Por ello,
la corriente de opinión más prevalente, incluso auspiciada por las
sociedades científicas, es que cada médico se haga responsable de su
prescripción. Esto nos puede llevar a tener a médicos de familia con un
perfil prescriptor perfecto (sólo paracetamol) mientras sus pacientes
están toxi-poli-medicados. No parece el resultado más deseable. En
prescripción, el médico del hospital propone y el MF dispone. Ése
debería ser el objetivo”.
Ante ese dilema el médico de familia opto por una prescripción prudente,
informando de los efectos del uso crónico de los AINEs, dando la opción
de usar un AINE como ibuprofeno con la gastroprotección que aporta el
omeprazol en un varón de 69 años.
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