¿Te has planteado alguna vez lo que podría suponernos, como médicos,
renunciar al magnífico instrumento que es la exploración clínica
meticulosa? ¿Te has parado a pensar lo que perderíamos?
Hoy, los medios tecnológicos nos proporcionan tal cantidad de
información que es fácil caer en la tentación de soslayar la anamnesis
orientada y la exploración sosegada. Y, sin embargo, una buena anamnesis
y una buena exploración física tienen enorme valor para orientar el
diagnóstico (frecuentemente en una etapa precoz y, en relación con ello,
más fácilmente tratable), para racionalizar el empleo de pruebas
complementarias costosas o molestas y no siempre exentas de peligro,
permitiéndonos evitar algunas (o muchas) de ellas, y para establecer un
pronóstico o constatar cuál está siendo la evolución de la situación
clínica que nos ocupa y su respuesta frente a los procedimientos
terapéuticos empleados.
Casi nada.
Pero es que, además (sin olvidar, por supuesto, que el dominio de las
técnicas exploratorias pueden constituirse en una de las mayores fuentes
de satisfacción personal que el médico puede obtener en su ejercicio
profesional), la percepción, por parte del paciente, de que su médico
controla y valora las técnicas exploratorias y está empleando esos
conocimientos y habilidades para llegar al descubrimiento de las causas e
implicaciones de su problema de salud, sin duda refuerza la relación
médico-paciente. ¿Podríamos, entonces, decir que las habilidades
exploratorias pueden fomentar la confianza del paciente en su médico?:
por supuesto. Y eso nos permite aventurar que, además de una herramienta
valiosísima como método diagnóstico, en ocasiones podría incluso tener,
por sí misma, un cierto efecto positivo sobre el proceso terapéutico
(mejorar la adherencia terapéutica y conseguir, por añadidura, un cierto
efecto placebo no son ganancias desdeñables).
Un instrumento irrenunciable, pues. Y un ritual irrenunciable.
Piensa sobre ello: un ritual catártico para el médico y necesario para el paciente, tal como nos lo cuenta Abraham Verghese, en esta conferencia que dio en 2011, y que puede encontrarse en TED con el título "El toque de un doctor":
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