viernes, 2 de octubre de 2026

(The Br J Psychiatry). CADIME. Deprescripción de psicofármacos.

📢 (The Br J Psychiatry) Deprescripción de psicofármacos. ➡️Planificar la retirada desde el inicio, compartida con el paciente. ➡️Deprescipción diferenciada para depresión mayor, trastorno bipolar o de tratamientos coadyuvantes.

https://www.cadime.es/

La Revista The British Journal of Psychiatry ha publicado “fármacos psicotrópicos en los trastornos del estado de ánimo ¿deprescribir o no?”. En esta editorial se recogen las recomendaciones de varias guías de práctica clínica y documentos de consenso.

Se recomienda planificar la retirada desde el inicio del tratamiento y de forma compartida con el paciente. Debe realizarse una educación terapéutica, considerando las opciones de tratamiento, terapias psicológicas, medidas de estilo de vida, duración del tratamiento, efectos secundarios y otras estrategias complementarias.

Las ventajas que presenta son:

  • Planificar la deprescripción desde el inicio del tratamiento mejora la implicación del paciente y facilita el cumplimiento de los objetivos terapéuticos.
  • Integrar la deprescripción en la psicoeducación ayuda a evitar interrupciones bruscas y a diferenciar los síntomas de abstinencia de los efectos adversos iniciales o de una posible recaída.
  • Promover una monitorización activa durante el inicio y la retirada del tratamiento contribuye a un uso más seguro y adecuado de la medicación.

Se muestra una estrategia de deprescripción diferenciada para depresión mayor, trastorno bipolar o de tratamientos coadyuvantes.

  • En depresión mayor, la retirada de los antidepresivos puede considerarse tras 6-12 meses de remisión estable, pero en pacientes con 3  o más episodios depresivos previos, se recomienda mantener el tratamiento de forma indefinida, debido al mayor riesgo de recaída.
  • En el trastorno bipolar, en pacientes con ciclación rápida, aparición de síntomas maníacos o hipomaníacos o presencia de estado de ánimo mixto se recomienda la retirada o reducción del tratamiento antidepresivo. No se recomienda la deprescripción en aquellos casos en los que el intento de retirada haya causado recaídas. Respecto a los estabilizadores del estado de ánimo, la retirada debe ser especialmente cautelosa, recomendándose la reducción gradual durante al menos 6 semanas para minimizar el riesgo de recaída al suspender litio sin sustituirlo por otro estabilizador.
  • En tratamientos coadyuvantes, se recomienda retirar los antipsicóticos cuando aparecen efectos adversos, como ganancia de peso, discinesia tardía. En pacientes con trastornos del estado de ánimo no psicóticos, puede considerarse su retirada tras 6 meses de estabilidad clínica. Las benzodiazepinas y los agonistas benzodiazepínicos deberían deprescribirse en un plazo de 1-3 meses para evitar dependencia y la quetiapina, a dosis bajas para favorecer el sueño, tras 3-6 meses de tratamiento.

Se incluye un algoritmo y figura explicativa del proceso de deprescripción en los trastornos del ánimo. En relación a este tema se puede consultar el Boletín Terapéutico Andaluz (BTA) 2021: Polimedicación y deprescripción: recomendaciones prácticas.

 


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jueves, 1 de octubre de 2026

Guía rápida de atención para Diabetes Tipo 2 y Síndrome Metabólico (PRONAM).

Criterios de diagnóstico y metas de control.

Escalafón de tratamiento farmacológico (hiperglucemia). Manejo de hipercolesterolemia Consulta la versión completa en 🌐 pronamsalud.csg.gob.mx
















































Meded Daily @MededDaily42640. Infografía HIPOTIROIDISMO.

 


Cardioteca. Cuándo, con qué y cuánto tiempo anticoagular la enfermedad tromboembólica venosa, en una monografía práctica.

Los autores sitúan a los anticoagulantes orales de acción directa como fármacos de elección en la mayoría de los pacientes con enfermedad tromboembólica venosa.

📅 Dividen el tratamiento en tres fases: inicial (primeros 5 a 21 días), tratamiento primario (hasta 3 a 6 meses) y prevención secundaria. 🔁 Tras un primer episodio no provocado, la recurrencia al suspender la anticoagulación llega al 10% el primer año y al 36% a los 10 años, según el metaanálisis de 2019 que cita la monografía. 🏥 Según una revisión de 2022 con datos de 20 países, el 54,5% de los pacientes médicos hospitalizados con indicación de tromboprofilaxis la recibía de forma adecuada.


La monografía reúne las decisiones que la enfermedad tromboembólica venosa plantea en cada punto de la asistencia. En urgencias, qué pacientes con tromboembolismo pulmonar pueden tratarse en su domicilio según la escala PESI simplificada o los criterios de Hestia, completados con la valoración del ventrículo derecho. En la planta, la tromboprofilaxis del paciente médico y del quirúrgico. En la consulta, cuánto debe durar la anticoagulación y qué pacientes necesitan un estudio de trombofilia, que los autores recomiendan pedir solo cuando el resultado pueda cambiar el tratamiento y siempre después de completarlo.

Para los pacientes que se apartan del caso tipo, una tabla resume el tratamiento inicial de elección y sus alternativas en el embarazo y el puerperio, el cáncer activo, el síndrome antifosfolípido, los extremos de peso, la insuficiencia renal y la hepatopatía. Otra ordena las causas de recurrencia con el paciente ya anticoagulado (falta de adherencia, dosis insuficientes, interacciones, cáncer oculto o síndrome antifosfolípido) y qué hacer ante cada una. Los autores tratan también situaciones concretas de la consulta, como la trombosis asociada a anticonceptivos, en la que proponen pasar a un método sin estrógenos al menos 6 semanas antes de retirar la anticoagulación.

El primer capítulo repasa la epidemiología, la clasificación del tromboembolismo pulmonar según el riesgo y el diagnóstico con angio-TC y ecografía de compresión. Dedica un apartado a los casos en los que no está claramente indicado anticoagular, como la trombosis venosa profunda distal aislada o el tromboembolismo pulmonar subsegmentario aislado de bajo riesgo, en los que se contempla la vigilancia con ecografía.

El segundo capítulo, el más extenso, divide la anticoagulación en tres fases: inicial (primeros 5 a 21 días), tratamiento primario (hasta 3 a 6 meses) y prevención secundaria. Los autores sitúan a los anticoagulantes orales de acción directa (ACOD) como fármacos de elección en la mayoría de los pacientes y reservan las heparinas de bajo peso molecular (HBPM) y los antagonistas de la vitamina K para situaciones concretas, como el embarazo, el síndrome antifosfolípido triple positivo o la insuficiencia renal avanzada. Detallan las dosis de cada fase, el ajuste por función renal, cuántos días antes de un procedimiento se suspende cada fármaco, qué hacer ante una dosis olvidada y cómo pasar de un anticoagulante a otro.

Sobre la duración, recogen la clasificación de la guía ESC de tromboembolismo pulmonar de 2019, que divide el riesgo de recurrencia tras retirar la anticoagulación en bajo (menos del 3% al año), intermedio (del 3% al 8%) y alto (más del 8%), y la cruzan con el riesgo de hemorragia. Tras un primer episodio no provocado, la recurrencia al suspender el tratamiento llega al 10% el primer año y al 36% a los 10 años, según el metaanálisis de 2019 que citan. En ese caso plantean mantener la anticoagulación de forma indefinida si el riesgo hemorrágico no es alto, con dosis reducidas de apixabán (2,5 mg cada 12 horas) o de rivaroxabán (10 mg al día) tras al menos 6 meses a dosis plenas.

El tercer capítulo, sobre profilaxis, parte de una revisión de 2022 con datos de 20 países: el 54,5% de los pacientes médicos hospitalizados con indicación de tromboprofilaxis la recibía de forma adecuada. Propone la escala de Caprini en cirugía y las de PADUA e IMPROVE en pacientes médicos, da las dosis profilácticas de las HBPM y fija la duración: hasta el alta en el paciente médico y de 4 a 5 semanas tras la cirugía ortopédica mayor o la oncológica abdominal o pélvica. Los autores recuerdan que en España los ACOD solo están autorizados en profilaxis tras la cirugía ortopédica mayor de cadera o rodilla.

Cada capítulo termina con puntos clave y bibliografía, que incluye trabajos de 2026 como la guía de tromboembolismo pulmonar agudo de la AHA y el ACC.

Acceso al documento completo  aquí: Anticoagulación en enfermedad tromboembólica venosa

(Diabetes Obes Metab) Eficacia y seguridad cardiorrenal comparativa entre finerenona, iSGLT2 y su combinación con semaglutida. RS y MA.

https://dom-pubs.onlinelibrary.wiley.com

RESUMEN

Objetivo

Para comparar la eficacia y seguridad cardiorrenal de la finerenona, los inhibidores del cotransportador 2 de sodio-glucosa (SGLT2i), la terapia combinada semaglutida y finerenona–SGLT2i en la enfermedad renal diabética (DKD).

Materiales y métodos

PubMed, Embase y CENTRAL fueron buscados hasta el 9 de julio de 2026 en busca de ensayos aleatorizados con adultos con diabetes tipo 2 y DKD. Un metaanálisis en red frecuentista estimó las razones de riesgo (RR) con intervalos de confianza (IC) del 95% para los resultados cardiorenales y de seguridad.

Resultados

Se incluyeron diez conjuntos de datos aleatorizados que involucraron a 37.923 participantes. En comparación con el control, dapagliflozina, canagliflozina, finerenona y semaglutida redujeron tanto los eventos compuestos cardiovasculares como los resultados compósitos renales; La sotagliflozina redujo los eventos compuestos cardiovasculares, y la empagliflozina redujo los resultados compósitos renales. SGLT2i mostró el patrón global de beneficio más amplio en los resultados cardiorrenales. La dapagliflozina se asoció con un menor riesgo de resultado renal compuesto que la semaglutida (RR 0,71, IC 95%: 0,53–0,94), mientras que la mayoría de las demás comparaciones de eficacia entre monoterapias activas no fueron estadísticamente significativas. La finerenona aumentó la hipercalemia (RR 2,03, IC 95%: 1,82–2,26) y la suspensión del tratamiento debido a eventos adversos (RR 1,18, IC 95%: 1,02–1,35). La finerenona más empagliflozina se asoció con un mayor riesgo de hipercalaemia que la empagliflozina sola (RR 2,48, IC 95%: 1,22–5,06).

Conclusiones

SGLT2i mostró los beneficios cardiorrenales más amplios, mientras que la finerenona y la semaglutida proporcionaron protección adicional en determinados resultados. La finerenona aumentó la hiperkalaemia y la suspensión del tratamiento. La eficacia de la terapia combinada finerenona–SGLT2i requiere una investigación adicional.

(OSU) Manejo de lípidos en 2026: nuevas guías, nuevos tratamientos y actualizaciones prácticas.

 https://www.orpdl.org/



FMC. Urgencias, atención primaria y sistema sanitario.

 https://www.sciencedirect.com/s

Los dispositivos de urgencias en nuestra sanidad pública se usan cada vez más. El mayor uso de los Servicios de Urgencia Hospitalarios (SUH) ha sido siempre causa de preocupación pues se considera que se produce a expensas de casos no urgentes o resolubles en atención primaria. Datos del Portal Estadístico del Ministerio de Sanidad muestran un crecimiento acumulado en su frecuentación anual por 1.000 habitantes del 35% entre 1997 y 2023 (de 382 a 516). Parte del mismo se debería a una creciente carga de morbilidad asociada al envejecimiento poblacional ocurrido durante esos años. Según el INE, el porcentaje de población de 65 o más años aumenta un 31% entre 1997 y 2023 (del 15,9% al 20,8%) y el número de individuos de 80 o más años es más del doble (de 1,5 a 3,1 millones). La misma fuente informa que el porcentaje de urgencias atendidas en los SUH que ingresan en el hospital se reduce un 22% entre 1997 y 2023 (del 13,26% al 10,32%), lo que indicaría un creciente uso inapropiado de los SUH.
No haré perder el tiempo al lector con el intento de averiguar qué parte de este incremento en la frecuentación de los SUH es mayor, si la debida a la creciente carga de morbilidad por el envejecimiento poblacional o la debida al uso inadecuado por casos resolubles en atención primaria. Entre otras cosas, porque esta creciente carga de morbilidad también repercute en la mayor frecuentación de los Servicios de Urgencias de Atención Primaria (SUAP) y en las propias consultas de los médicos de familia (MF) de los centros de salud. Según el Ministerio, los SUAP atienden más urgencias que los SUH (33,6 y 25,0 millones respectivamente en 2023) y su frecuentación anual por 1.000 habitantes ha crecido un 11% entre 2016 y 2023 (de 628 a 695). Por no hablar de las visitas forzadas en el día como “urgentes” a los MF de los centros de salud porque el paciente manifiesta que “lo mío es urgente” (más de 20 millones al año con sólo tres de estas “urgencias” diarias por profesional). Curiosamente, disponemos de abundante literatura sobre la inapropiada utilización de los SUH en España, pero nada o menos sobre el inadecuado uso de las consultas de los MF de los centros de salud. Por lo visto, todo el mundo asume que cualquier cita o visita al MF es inherentemente adecuada; todo el mundo excepto los MF, claro.
No negaré lo evidente: se acude directamente a los SUH por causas que podrían tratarse en atención primaria. Esto ha sido, es y será cada vez más frecuente, es ineficiente para el sistema y potencialmente dañino para la salud del paciente. ¿Qué hacemos para atenuar esta tendencia? Sabemos desde hace tiempo1, y su transcurso no ha hecho más que confirmarlo, que la mejora de la accesibilidad a los SUAP y consultas de los MF y de su disponibilidad horaria en nuestro entorno aumenta la utilización de la atención primaria sin modificar apenas la tendencia creciente en la utilización de los SUH. ¿Por qué ocurre esto?
De un tiempo a esta parte nos adentramos, también en el ámbito público, en un consumismo sanitario producto de exageradas expectativas sobre las posibilidades reales que la intervención médica tiene para resolver problemas que caracterizan una demanda creciente cada vez menos dependiente de la enfermedad. En realidad, uno ya no sabe si demanda más el más enfermo, el más –pero no siempre mejor– informado, o el más preocupado. Es paradójico que la demanda crezca a medida que mejora la salud promedio de la población. Y lo peor, que ocurra en un contexto social de «consumo de inmediatez» con, por ejemplo, apps que entregan comida en minutos, series de televisión enteras o respuestas instantáneas de una IA al toque de un clic. La búsqueda de una solución inmediata a problemas de salud, incluso supuestamente leves y de corta evolución, se enmarca en un contexto general de consumo de productos, experiencias o contenidos de modo inmediato y gratificación instantánea, impulsado por los avances tecnológicos y la cultura digital. Avances que no traen cada vez más paciencia sino todo lo contrario: una creciente urgencia subjetiva que pone en jaque cada vez más a un sistema sanitario que está pasando de ser un recurso de necesidad a un escaparate de servicios bajo demanda. Este «consumo de inmediatez» metastatiza sin duda en los dispositivos del sistema que se usan cada vez más y más pronto cuando la incertidumbre se vive con desasosiego, en una conducta temeraria que ignora o desprecia los riesgos iatrogénicos del consumo sanitario inapropiado y la trivialización de la medicina2.
Nuestra sanidad pública hoy está lejos de sus deficiencias de antaño, pero empieza a tener un grave problema de «medicina de excesos». Y aunque persiste la ley de cuidados inversos, las actuaciones inadecuadas son ahora más por exceso que por defecto. Se confunde proactividad con hiperactividad. Crece la intensidad diagnóstica y terapéutica al preferir errar por «comisión» que por «omisión». Se derrocha más acción que reflexión. Percibido hoy más cerca de la negligencia que de la prudencia, el «esperar y ver» es un vestigio de un pasado más austero y sobrio y, quizá por ello, de mejor sentido común clínico y menos iatrogénico. Redoblado por una creciente fragmentación asistencial y una «medicina defensiva» que sigue haciendo de las suyas. Como resultado, el sobrediagnóstico y sobretratamiento empiezan a despuntar ya, aunque de forma silente, como auténticos problemas de salud pública. Consecuencias de todo esto y del consumismo sanitario tenemos la sobredemanda, la hiperactividad sanitaria, la ineficiencia y la iatrogenia en un autoalimentado círculo vicioso que se perpetúa.
Reina en nuestra sanidad pública un creciente hospitalocentrismo presupuestario, de dotación de personal y de poder, al tiempo que se debilita cada vez más la atención primaria en los tres mismos aspectos. Esta debilidad es más patente en la progresiva degradación del papel que el sistema le reserva, funcional y organizativamente, al médico de familia del centro de salud3. Una atención primaria tan débil no puede contrarrestar correctamente la ley de cuidados inversos ni los efectos de una medicina de excesos (sobrediagnóstico, sobretratamiento, cascadas iatrogénicas, etc.) cada vez más prevalente en el sistema por la creciente fragmentación asistencial, la mayor derivación directa entre consultas hospitalarias y, sin duda, el creciente uso parcialmente inapropiado de los dispositivos de urgencias. Se resienten así la equidad y la calidad del sistema que ya padece un claro «trastorno por déficit de atención (primaria) con hiperactividad (hospitalaria)».
La literatura científica recoge mucha evidencia sobre los notables beneficios para la calidad asistencial, la eficiencia del sistema y la salud del paciente cuando éste conserva durante años el mismo médico de familia de su centro de salud (longitudinalidad); entre ellos, la reducción de la mortalidad, del ingreso hospitalario y de la visita a dispositivos de urgencias4, 5. Si esto les importa lo más mínimo, los responsables políticos deberían promover e incentivar la longitudinalidad, una de las características esenciales de la medicina de familia en atención primaria. Sin embargo, la investigación internacional comparada revela que nuestra atención primaria no destaca precisamente por su gran longitudinalidad. El reciente estudio OECD's Patient-Reported Indicator Surveys (PaRIS)6 muestra que el 45% de los pacientes crónicos en España lleva más de 5 años con el mismo médico de familia cuando la media de los 19 países del estudio es del 58%; y lo peor, un 23% lleva con el mismo médico de familia menos de un año, el doble que el promedio de estos países. Lo mismo ocurre con el tiempo por visita al paciente crónico: solo el 4% dura 15 minutos o más (47% de media en los países estudiados) y triunfamos en consultas de 10 minutos o menos, extinguidas en gran parte de estos países.
En resumen, crece sin tregua desde hace años y de forma notable la frecuentación a los dispositivos de urgencias. Quizá estemos inaugurado la era de la «urgencialización» del sistema sanitario. Para el firmante, tres causas fundamentales. La primera, el creciente consumismo sanitario por la mayor intolerancia a la incertidumbre y aspiración a un diagnóstico inmediato en un contexto social de mayor «consumo de inmediatez» en los modos generales de consumo. La segunda, el notorio desinterés de quienes dirigen el sistema por proteger la longitudinalidad en atención primaria, principal generadora de confianza en el paciente no solo en su médico también en el sistema. La tercera, el debilitamiento progresivo de la Medicina de Familia en la atención primaria. Sus profesionales, lejos de ser “la figura fundamental del sistema sanitario” (como afirma el RD 3303/1978 que creó la especialidad), parece que deban pedir permiso para respirar y perdón por existir al ser tratados, funcional y organizativamente, como monaguillos de un sistema repleto, al parecer, de obispos y cardenales que se creen con todo el derecho a indicarle al médico de familia cómo ejercer su especialidad.