Llega el momento. La sala llena, el ordenador encendido y el proyector muestra la carga de la presentación desde el pendrive. El relojito que tarda más de la cuenta. Nervios de última hora. Al final se despereza el Power Point de su hibernación digital. Y aparece un carrusel de tropecientas diapositivas que van a salir disparadas sin piedad hacia tus ojos, mientas otro humano de cuyo nombre no querrás acordarte te cuenta su vida. Tragar saliva. Buscar de reojo la salida más próxima. Sudor frío. No hay escapatoria.
Y la frase:
—Hola a todos, mi nombre es Pedro y os voy a contar un poquito cómo va lo de la enfermedad de…
Un poquito. Nos lo va a contar un poquito solo. Y por eso lleva al menos cincuenta diapositivas más cargadas de letras que la Espasa-Calpe.
Es un hecho demostrado: se puede hacer mucho, pero mucho daño con una mala presentación.
Y mucho bien, cuando comunicas y aportas.
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https://comunicacionparalasalud.com/10-claves-para-dejar-de-hacer-dano
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